Lucrecia Maldonado (Quito, 1962).
Si
nos ponemos a ver, no sé bien cuándo
me comenzaron las ganas de escribir, mejor dicho, las
ganas de inventar historias que luego parecían
merecer el premio de quedar en blanco y negro. Tampoco
quisiera ahondar, pues me parece que esos procesos,
en el interior o el inconsciente, tienen algo de oscuro,
de misterioso, y no se relacionan tanto con la buena
estrella y el genio, cuanto con la presencia de procesos
que necesitan ser exorcizados; pero... ¿quién
no los tiene?
Desde
muy pequeña tomé la costumbre
de contarme cuentos para dormir. Cuentos infantiles,
supongo, al principio. Después fueron creciendo
conmigo y las historias tomaron matices de acuerdo
con las vivencias y los procesos personales que la
vida me iba enseñando.
Las
ganas de escribir me comenzaron en la adolescencia,
con los primeros amores no correspondidos y los primeros
conflictos generacionales. Como muchos otros escritores,
en esta época tenté con la poesía.
Eso provocó sentimientos encontrados en esa
familia de ingenieros y médicos a la que pertenecía
mi padre, así como en la familia más
variopinta de mi madre. Por un lado, admiración,
ese orgullo de los mayores cuando los menores les damos
el gusto de hacer lo que ellos no pudieron o no quisieron.
Por otro lado, temor, pues ¿de qué va
a vivir la guagua?
Pero
la guagua tiene sueños, personajes que
aparecen y no le dejan en paz hasta que les brinde
una forma y ponga en sus labios las palabras que exigen.
La guagua se inventa cuentos que sus mayores no se
habrían inventado jamás, aunque inconscientemente
hayan sido ellos los que provocaron que esa imaginación
se desbordara en esa dirección. Entonces aparecen
los primeros, perturbadores, cuentos que ya no hablan
de la bondad y la belleza de la vida, sino de todo
lo contrario. Y sobre todo aparece la definición
vocacional ("quiero estudiar literatura "),
que hace unas olas altísimas.
Pero
después se calman, cuando aparecen cuentos
en revistas, cuando se gana algún premio estudiantil
sin mayor importancia, en fin.

De
toda esta peripecia vital han surgido cuatro libros
de cuentos: No es el amor quien muere (con
ediciones en 1994 y 2005), Mi sombra te
ha de hacer falta (1998), Todos
los armarios (2002) y Como
el silencio (2004). Entre los años
2004 y 2005 cedí a la tentación de darle
forma y cuerpo a una historia que me rondaba desde
hacía mucho (no me pregunten por qué),
y que se fue materializando en la novela Salvo
el calvario. Con modestas esperanzas,
y apremiada más que nada por lo económico,
envié los originales al concurso nacional de
literatura Aurelio Espinosa Pólit del año
2005. Esta novela obtuvo el premio y también
una crítica bastante aceptable. Personalmente,
es el libro que más satisfacciones me ha dado,
no solamente por lo del premio, sino también
porque escribirlo fue por un lado cumplir con un buen
reto y por otro porque el hecho de escribirla me significó mucho
desde el punto de vista emocional y de crecimiento
como escritora y como persona.
En
otros géneros, he escrito y publicado algo
de poesía, reunida en el libro Ganas
de hablar (2005) y un libro de ensayo
(no me atrevo a llamarlo crítica) que paga una
deuda sentimental con el cantautor español Joan
Manuel Serrat: Érase un niño
que un día descubrió el aire de la calle (2006).
¿Planes? ¿Proyectos? Siempre me lo preguntan.
No sé. Mi plan profesional en este campo solo
es uno, dé los resultados que dé: seguir
escribiendo. Y que sea lo que Dios quiera. Pues a la
escritura le debo mucho más de lo que se pudiera
pensar.
Y
para terminar, un poemita:
PARQUE
sin saber
que son tristeza
las
lágrimas
juegan
en
el tobogán rojo
de tu mejilla
Salvo el calvario
Por:
Mario Mendoza*
Lo
que más atormenta al artista es descubrir,
poco a poco, en la medida en que observa a los demás
y al mismo tiempo vigila su propia existencia, que
la vida, en sí misma, no tiene ningún
sentido. Estar aquí es absurdo. Algunos se refugian
en fanatismos religiosos o políticos, otros
inventan paraísos artificiales, pero el artista
sabe en lo más profundo de sí que son
tretas para no enfrentar una verdad avasalladora: vamos
a morir inevitablemente y haber pasado por el mundo
fue algo irrelevante, nimio, una experiencia infinitesimal.
Es entonces que se propone la gran batalla: dar sentido,
otorgarle a la existencia un camino, un derrotero que
justifique el fugaz tránsito por un cuerpo,
un rostro, un nombre.
Esto
fue lo que más me impresionó de
la novela "Salvo el calvario", de Lucrecia Maldonado:
que la escritora, con una actitud de artista madura
y curtida en el oficio, pone a sus personajes a deambular
por una Quito contemporánea, a divertirse, a
enamorarse, a sufrir, a leer, a pensar, mientras en
lontananza, allá lejos, como un telón
de fondo que ensombrece la propia ciudad, los espera
a todos ellos la experiencia de la muerte, que todo
lo cambia y lo transforma. Y ahí, en ese detalle,
está la grandeza del libro, su tragedia y su
poesía.
Espero
que los ecuatorianos disfruten de esta historia que
está escrita desde el fondo de una ciudad
(Quito) que es la gran protagonista del libro, su personaje
más vivo y más cruel. Sé que por
estos días saldrá a librerías
y ojalá que el público se acerque a esta
magnífica novela y vea en ella un testimonio
de estos difíciles tiempos en que nos ha tocado
vivir.
*
Mario Mendoza, escritor colombiano, premio de
novela Biblioteca Breve por su novela Satanás.
Fue
jurado del concurso Aurelio Espinosa Pólit
del año pasado.

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LIBRO DE LOS AFECTOS
La
mayoría de libros de cuentos de Lucrecia
Maldonado los puede encontrar en Editorial Eskeletra
(Roca y 12 de octubre, edificio Gayal, 1er piso).
El de ensayo, con Xavier Oquendo de El ángel
editores (098111118), y la novela en editorial
Planeta, Mr. Books y Libri Mundi.

Información
adicional de Lucrecia Maldonado la encuentra en http://www.revista.agulha.nom.br/bh31maldonado.htm