Rocío Soria R. (Quito, 1979) realizó estudios
de pre y postgrado en varias universidades del Ecuador.
Publicó "Huella
Conceptual", libro con el que obtuvo el II Premio
en el Concurso de Poesía, Universidad Central
del Ecuador, 2003; obtuvo también el I Premio
en el Concurso Interuniversitario de Relato Corto,
Universidad San Francisco de Quito, 2005; Premio Internacional
de Poesía Fanny León Cordero, 2005, Medalla
de Bronce en el Concurso de Poesía, Cuento y
Ensayo, Facultad de Filosofía, Universidad Central
del Ecuador, 2006; I Primer Premio en el Concurso del
Libro y de la Rosa, UNESCO – Pontificia Universidad
Católica del Ecuador, 2006. Publicó “El
Cuerpo del Hijo”, 2008.Obtuvo el Premio Ileana
Espinel Cedeño, Casa
de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas,
2008 y fue seleccionada para integrar la antología
del I Concurso Nacional de Poesía, Taller Cultural
Retorno, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2009. Publicó también
el poemario titulado “Isadora”, 2009 bajo
el sello editorial del Consejo Nacional de Educación
Superio, CONESUP.Parte de su poesía ha sido
recogida en antologías
nacionales e internacionales, ha sido traducida al
inglés e invitada a encuentros dentro y fuera
del país.
Simulando
llamar a la muerte
golpea
los respaldos de las sillas con los nudillos
golpea
las ventanas, orina, se levanta, come sin sal.
El “cuándo” es
un divertimento gratuito.
Se
alarga como si no fuera suficiente con sus desnudeces,
me
refiero a esas que se afianzan como una enfermedad.
Se
alarga como si no fuera suficiente con los huecos vacíos
que
van quedándole; no hay sitio, ni última
vez, piensa.
Insisto
- el “cuándo” es un divertimento
gratuito-
tal como lo es mirarse al espejo o
decir
buenos días.
La
muerte abulta del mismo modo que si llevaras piedras
y en el
mismo
sitio,
solo
que a veces fantaseamos y la llamamos
ISADORA
y LA TERRIBLE OSCURIDAD DE LOS ESPEJOS
Al
iniciar la lectura de Isadora, la angustia se aferró a
la garganta y el temblor del vientre chasqueo un látigo
sobre la misma directriz de los espantos.
Pensé de
inmediato en la soledad-orfandad que dejan los recuerdos,
en la piel de la manzana, en la infinita sed de los
desposeídos que pasan uno a uno a dejar su tristeza
en los sepulcros, en el cuaderno de espirales sin quejido.
Cada
texto aceleró el corazón como si cabalgara
en el pentagrama de un Requiem, en el recorrido fracturado
de la imagen, en el mismo infortunio de los santos óleos.
Rocío,
deja que Isadora; bese, sueñe, ame, destroce,
se sumerja, anide en la tragedia, en las letras que
desfilan desafiantes, entre corcheas y negras, entre
el silencio y el asombro de la muerte. La deja, la
muestra descarnada, dolida y dolorosa, presente en
ataúdes, en la oscuridad que a veces nos consume.
Luego,
eso repetir una y otra vez su nombre, remarcarlo, burilarlo,
dejarlo tatuado en la piel hasta que sangre, hasta
que sea un permanente grito en la asquerosa soledad
del mundo, hace que duele..., maltrate, martirice con
aleteos de ángeles sin nombre.
Y
el infortunio sigue..., el estertor del hombre cabalga
como loco por los huesos rotos, eternamente ciego,
extiende el cuerpo entre serpientes fantasmales, en
habitaciones desconocidas, hurga los cristales mientras
reza un poema de otro y el suspiro refleja la sombra,
el permanente llanto que lo enferma
Isadora
es puerta, polvo, ventana, un grito que habita en la
terrible oscuridad de los espejos, en el misterio que
forma parte de los daños...
Roberto
Reséndiz Carmona
Poeta
mexicano

Rocío
Soria / La Voz del Dolor I
Escrito
por Salvador García
Domingo,
25 de Enero de 2009
La
Jornada de Morelos, México
Qué es
la vida, sino un acontecer humedecido de palabras susurradas
a la nada. Acaso un deseo infinito nunca realizable
o tal vez alcanzado mil y una veces y, por eso mismo,
una sucesión de desencantos en la pesadilla:
Miedo, incertidumbre, la vacuidad de la mano. El precipicio
diario nos envuelve, nos aísla, nos llena la
garganta de un eco oscuro y profundamente corrosivo,
desnudo, fustigante, dolor al fin, dolor al inicio,
dolor durante, dolor antes y después del nacimiento,
dolor infinito, dolor desde la sombra y entre los sueños,
dolor con olor a cierzo, dolor descalzo, imaginable,
dolor puro, dolor simple, simple dolor.
Desde
este territorio –su territorio– de dolor
y palabra, de dolor y silencio, de dolor musitado ante
la niebla, Rocío Soria hilvana cada uno de los
textos del poemario El cuerpo del hijo (Rueca Editores,
2008). Nacida en Quito, Ecuador, en 1979, y con una
esencia encaminada a la escritura, la poeta realizó estudios
de Comunicación Social en la Universidad Central
de su país y publicó anteriormente Huella
conceptual, con el que obtuvo el Segundo Premio en
el Concurso de Poesía organizado por el Departamento
de Cultura de la institución superior mencionada.Asimismo,
logró el Primer Premio en el Concurso Interuniversitario
de Relato Corto de la Universidad San Francisco de
Quito, en 2005; el Premio Internacional de Poesía
Fanny León Cordero de la Asociación Ecuatoriana
de Escritoras Contemporáneas, en el mismo año;
Medalla de Bronce en el género de cuento en
el Concurso de Poesía, Cuento y Ensayo organizado
por la Facultad de Filosofía, Escuela de Lenguaje
y Literatura de la Universidad Central, en 2006, y
el Primer Premio en el Concurso del Libro y de la Rosa
de la UNESCO y la Pontificia Universidad Católica
de Ecuador, también en 2006.
Siguiendo
el mismo sendero de sus anteriores obras, Rocío
Soria nos brinda en El cuerpo del hijo una poesía
para gritarse, para desgarrar la voz en cada vocablo,
como una muestra de saberse vivo, de saber viva la
voz, la palabra, la poesía, de saberse vivo
el hablante, pese a que el dolor y la orfandad aderecen
nuestras palabras: “El amor es una contingencia,
a veces,/ y otras una necesidad,// porque allá arriba
o allá abajo no hay nada,/ porque en ningún
sitio hay legitimidad para estas apariciones”.
Divido
en tres secciones: “El”, “Cuerpo”, “Del” e “Hijo”,
y cerrando con un poema como “Epílogo”,
el libro se aprecia al igual que un parto de palabras
punzante, donde las voces –cada una con sus necesidades– se
mezclan hasta conformar un discurso mestizo, que narra
el sufrimiento de otro u otros, padece el rencor de
esa misma pesadumbre y clama por alguien –¿acaso
una ella?– en la soledad de la agonía,
en la soledad de no ser, en la soledad de lo nunca
realizable:
“Ambos
caminan con los brazos abiertos de cara al precipicio./
No podrían buscar el equilibrio en un momento
así,/ Imposible.// Caminan, pero tan pronto
se abren los boquetes/ empiezan a abrazarse/ asexuados,/
muñecos rotos.// Bisbisean como si no alcanzaran
a tocarse/ y la sequedad de sus lenguas comenzara a
espesar.// Caminan, pero tan pronto se abren los boquetes/
empiezan a abrazarse.// Muñecos rotos”.
El cuerpo del hijo es una oración lóbrega,
una plegaria jamás pronunciada o, peor aún,
plegaria jamás escuchada, un murmullo olvidado
en la cicatriz perenne de la vida, una desgarradura
del espíritu por medio de la palabra, porque
después de todo –señala, grita,
escupe Rocío Soria–: “las palabras
son como cualquier vómito,/ huesos engarzados
en la lengua”.
"¿Es
posible escabullirse de sí?”, se pregunta
Rocío Soria en el poemario El cuerpo del hijo
(Rueca Editores, 2008). Este cuestionamiento es uno
de los andamiajes que sostienen el libro, el cual –como
se expresó en la entrega anterior– halla
en el dolor su manantial primigenio. Cada palabra,
cada oración, cada silencio que recuerda el
mutismo de saberse vivo son rociados de un dolor profundo,
a veces hosco, otras susurrado apenas, pero dolor tan
hondo y tan presente como la sombra que ronda la fatiga
diaria, como la sombra imprescindible para perecer,
poco a poco, entre el movimiento de las manecillas
del reloj: “El suicidio es una maniobra cuando
los días todavía tienen algo:/ la permanencia
del dolor abriendo sus tragaluces,/ los tobillos hinchados,/
el divertimento es necesario,/ el dolor es necesario”.
En
su poemario, Rocío Soria pretende asir todas
las voces. El yo poético cambia de tono y de
discursos y en ocasiones es un ser en pleno debacle,
tal vez no físico, pero sí espiritual,
en tanto sus palabras se llenan de cuestionamientos
para seguir el camino: “no sé si muero
o asesino”. Una voz femenina aparece de la misma
forma, también inquieta, con las interrogantes
en la punta de la lengua, así como afirmaciones
demoledoras de almas: “Empiezo a impacientarme
con la muerte, te lo juro,/ ahora sé que llegará justamente
ese día en que pensemos en la risa/ como arma
de exterminio”. Y agrega: “Antes pensaba
que el miedo era una mosca que zumbaba al borde del
plato,/ una cuerda cerrada dentro de la caja transversal.//
Pero no es así,// el miedo es este intento de
arrimarme a su dolor/ y sólo conseguir un espacio
profundo entre sus gritos”.
La
misma vos se diluye, se multiplica infinitamente en
el féretro de las palabras, se niega a ser partícipe
en el juego de esos “él y ella” que
pretenden asirse y los abandona, los deja en la orfandad
y desde un sitio privilegiado para observar el desencanto
de esos seres discursivos, seres moribundos, seres
en las tinieblas del dolor, marionetas al fin de un
dios lacerante, nos asesta sin misericordia: “la
muerte abulta del mismo modo que si llevaras piedras
y en el mismo sitio,/ sólo que a veces fantaseamos
y la llamamos amor”.
En
El cuerpo del hijo, la falta de certezas es un fardo
imposible de abandonar, una cruz dispuesta a demandar
el sacrificio del alma contagiada de la enfermedad
del vivir: “No sé si voy caminando o voy
desplomándome,/ en una especie de rueda de fuego;/
no sé si sueño o empiezo a devenir/ me
parecen absurdos estos pasos”. Rocío Soria
ensaya así una poesía amenazante, hermética,
alejada de la blandura de las palabras. Sabe que la
primera razón del arte es transgredir al lector,
llevarlo a umbrales alejados del orden de la razón,
conducirlo al abismo para salir otro o, por lo menos,
con migajas de algún otro que se había
perdido en el camino: “El agua le presiona las
fosas de la cara/ hasta el fondo,/ hasta el espasmo/
sin que el hombre intente salvarse o sacar las alas”.
La poeta ecuatoriana logra todo ello, pues de antemano
sabe que “la muerte es una ingenua treta y aunque
ya no le fuera posible nada,/ la muerte seguiría
siendo solo/ una ingenua treta”.

ISADORA, O LOS RITMOS DE
LA PALABRA
Los tiempos
que corren demuestran la presencia precaria de la convivencia
humana, pero en ellos precisamente pueden tener espacio
los hallazgos y las rutas más nuevas,
que sustituyen a las nuevas, y a veces terminan en los
eternos ciclos de muertes y renaceres. Quiero decir que
las incursiones de la palabra poética no solo
que admiten nuevos rumbos en estos momentos y en el devenir,
sino que los exigen. La poesía crítica,
necesaria en estos tiempos críticos, adviene y
se hace espacio.
La propuesta
de Isadora (última entrega deRocío
Soria, Ediciones del Conesup, 2009) nos coloca ante una
tríada que se abre y juega a brindar y escamotear
su sentido. Arrancan las dos primeras partes con un enunciado
que demuestra atributos de Isadora, y la tercera (“El
hombre amado”), con una relación de hechos.
Estas entradas a sendas partes del poemario están
entre los segmentos más sonoros del libro: una
apuesta por la economía del lenguaje, y un apelar
a la musicalidad que golpea el oído del lector.
Ya en los textos con que nos hallamos tras sortear la
primera invocación, parecen inclinarse por afincarse
en la idea de que el despojo y el abandono propio son
el mejor acicate para emprender la exploración
poética. “Isadora bellamorte/ hay un dejo
de angustia en las partidas”. Este miedo es el
temor de la tribu, pues, atávico como se presenta,
hace temblar los pasos de la comunidad, del individuo.
PRIMERA PARTE
Isadora
deviene otros estadios de su sustancia que van eslabonando,
a través de sus metáforas, una dilatada
alegoría que cubre no solo esta parte del libro:
puede llegar a ser corazón, niña solitaria,
réquiem de Mozart, danza macabra de Saint-Saëns,
música adusta, y un largo etcétera en este
recorrido de intrincados recodos sonoros. Y parecería
que la voz mirara a través del velo del dolor,
y que éste le disputa su vaho a la melancolía.
Se reconoce, muy pronto, que en todo nacimiento hay una
fuerte dosis de trauma, pero hay en el vientre de Isadora “templo
sepulcro de los dioses”, haciendo posible, otra
vez, un de ciclo de ires y venires (o de nacimientos
y muertes). La escritura aprehende el mundo y puede tornar
incluso al cuerpo y sus espacios en lugares que ofrecen
-y escamotean al mismo tiempo- oportunidades al sentido.
Si llamamos
multitud al colectivo destinatario del texto -como hace
W. Benjamin-, notaremos que por mucho que se haga por
poner distancia con esos otros, la voz lírica
está sujeta a su relación con el mundo,
sea agitado o se relaje como la línea del horizonte
(e incluso así, trasponer dicha línea nos
enfrenta al ámbito del misterio).
Los versos
de este libro nos hacen admitir la importancia de la
memoria, y a veces se muestran a favor y en contra de
ella; “el recuerdo es el vicio de los solos”,
afirma la voz, para más adelante sentenciar que
no es suficiente la hora del estertor, pues están
los recuerdos. O sea, la soledad como patrimonio del
espíritu, y a su vez la mirada colectiva, donde
el estertor es posible. El temor aludido es el miedo
que viene de generaciones, aquel que representa los temores
de la tribu. Y, en parte, el despojo: abandonarse a la
música es importante para el yo poético,
sepultar los tiempos anteriores, buscar los nuevos: “las
frutas bajo la tierra enmudecen,/ sus hilos,/ sus decúbitos,/
sus úlceras,/ sus azucenas,/ sus trances casuales…”
Más
adelante, la escritura es movimiento, agitación
de las voces, “aguja errante en el quicio del cuerpo”,
donde la mano anuncia el trazado del tiempo y de las
individualidades. La sangre que subyace en dichas manos
expresa, grita y se declara impúdica, pero ¿qué voz
poética no lo resulta serlo?
Los grandes
discursos (los dioses) pueden llegar a acoger a la voz,
pero muy pronto se nota una incomodidad: “como
si la noche fuera una rata ciega”. ¿Qué deja
el silencio tras su paso?, los restos de la imperfección
que nos enfrentan a un réquiem general por la
inocencia. Y una de las posibilidades de lucha es la
de los hijos nonatos (tales pueden ser también
poemas no vertidos sobre el papel, o las palabras no
pronunciadas). La muerte, así, cobra dimensiones
distintas, vestida por la palabra de esta voz: “…todas
son insignificancias ante el dolor de vivir./ Isadora
la sangre en el filo del lienzo,/ el agua al borde de
la asfixia”.
Soria
sabe que “su voz se ha roto por dentro”,
como debe ser. La conciencia de la demolición
del discurso se produce como resultado de una proyección
de la interioridad del sujeto luego de re-elaborar en
su esencia los elementos de fuera. La imago surge como
respuesta para ensamblar el esquema de la experiencia
de aquel yo. “Toda búsqueda es recurrente”,
sentencia la voz y parecería que, en efecto, la
búsqueda es más deseada que el acierto
o el hallazgo:
hojeo
el libro por una señal tuya
por
una señal cierta
convencido
aún de los pretextos
de
los candores de las búsquedas
Nadie
puede ocultarse de su propósito final, porque “todo
escondite es nulo”, y surge el despojo de uno mismo,
el abandonar/se como fórmula para continuar bregando.
Si bien presenciamos un tono melancólico, éste
toma por momentos una violencia inusitada, donde las
imágenes parecen burilarse con brillo propio:
Mi corazón
es un fardo de huesos rotos
de flores
rotas
de mariposas
esquiladas
SEGUNDA PARTE
Asistimos
a una gradación que va del dolor al gozo, en ida
y retorno. Y aparece el hombre amado, que se erige fuerte
pero al mismo tiempo inmerso en repetidos tanteos, pues “ensaya
desde el dolor sobre el charco”, y también “escribe
en la oscuridad si acaso/ es un modo deliberado de entumecerse/
de hacerse el dormido/ o de vigilar”.
Por otro
lado, Isadora, ahora devenida demonionoche y demoniohembra, “posee
este cuerpo de cuchillas,/ cuerpo súbito/ cuerpo
de abismos/ cuerpo austero”; y aquí hay
indicios de esa austeridad que equivale a sobriedad y
sencillez, pero que al mismo tiempo se comunica con la
adusta música que cruza el libro.
La musicalidad
subyace nuevamente, esta vez como cantos: “el hombre
amado es un coro de demonios/ un morral de quejas ahora”.
No hay seguridad, sino un concierto de dudas, de preguntas
que se formula la voz en su búsqueda de las vías
para seguir pronunciándose: “el hombre amado/
qué culpa expía,/ qué oscuridad,/
qué palabra,/ qué adioses respira por los
garfios”. Los ritmos que la repetición otorga
al tono general del poemario encierran acordes similares
a los de una campana que repica a muerto, o a su paralelo
en el metro clásico, que es el verso de pie quebrado.
Isadora, “niña
de niebla”, no solamente es el pre/texto y el con/texto
de estas repeticiones rítmicas, sino que es el
lugar donde las alimañas prosperan: “alacranes
ruedan por su boca// un ciempiés brota por su
cornete derecho// renacuajos ruedan por su boca…” Las
ceremoniosas alimañas del placer y de la rutina
de la maldición.
El amor
no se anuncia de cualquier clase, sino como uno capaz
de afincarse en la ceguera que profesa Isadora, que avanza
pautando los tiempos del silencio, marcándolo
como un espacio distinto; ”en un silencio total
parecido al del amor”. Por tanto, la perfección
se vierte únicamente cercana al absoluto, al silencio
total.
Lo residual
resulta importante a estas alturas, pues equivale a los
remanentes del uno en el otro, hablando de los seres
y al resultado de la edificación de esos puentes
que nos comunican a todos. Las voces se trenzan hasta
influirse y lo residual se vuelca en las páginas,
pues queda claro que también hay algo en la voz
que viene de un espacio vecino; algo del otro en la voz
propia, y viceversa:
Tal vez
quede algún postema de ti incrustado todavía,
alguna
fiebre por abrir,
alguna
cáscara pendiente,
algún
sangrado en los hilos sublinguales
de mi
alma
La dualidad
dolor-placer se muestra en la música: “dolor…/
entre los puntos exactos para la sonrisa o para el orgasmo”.
La mínima muerte puede equivaler también
a denostar la palabra propia: “Isadora/ termino
este texto de mierda/ de rodillas,/ con la cara en la
tierra,/ en franco alarido,/ dolor casa de magias,/ lascivia
del tiempo”. Y en este proceso hay una crítica
que desciende sobre el propio discurso. Es como si a
esta voz le asistiera una legitimidad para poder destruir
los discursos ajenos, ya que lo hace con el que emana
de sí.
EL HOMBRE AMADO
La voz
sabe que los caminos a transitar en la poesía
son peligrosos (“ la alfombra está llena
de agujas”). Y que aunque pretenda no avanzar,
la consigna es distinta, para darle cabida a esta herida
interminable que es la palabra lírica (“Finge
un descuido para que cuchilla siga hasta el final”).
Ese final es el inicio, lo que nos lleva nuevamente a
un ciclo sin fin. Los avisos para no transitar la parafernalia
de la nada y el vacío están allí,
claramente:
El miedo
arrojó títeres ágiles y acróbatas
perfectos
por todos
los órganos del hombre,
por todos
sus tubos,
por todos
sus conductos;
a
veces los expulsaba fogosamente,
otras,
simplemente los salivaba
erecciones
dolorosas,
eyaculaciones
contritas.
El hombre
amado resulta propicio para una nueva serie de metáforas,
una alegoría que recorre de pe a pa al otro; así,
el hombre amado es desde calle de siete cruces, hasta
carcajada de gotas rojas. Pero en el camino, es cuerpo
de incontables nudos y demuestra la eternidad del dolor
interminable, que hace que la muerte no llegue. El hombre
amado se halla ante la inminencia del prodigio que es
la palabra poética (“Poesía de demanda
solitaria,/ ruego,/ inquisición,); pero la intensidad
adviene de cada elemento de los alrededores, desde “las
vulgaridades de los periódicos” hasta el “ritual
de alcoba”.
La fantasía,
el descubrimiento, propician una constante búsqueda
(“nombra objetos desconocidos,/ palabras inexistentes…”),
pero me parece que la clave de las intenciones está en
reconocer que “las orillas de sus recuerdos son
de una escritura indefinida”. El despojo, lo residual,
apuntalando las fuerzas para enfrentar la escritura, “pero
la pérdida de continuidad en los objetos/ hace
que todo le sea desconocido…”. Entonces,
afuera están el mundo y su bullicio. Encapsulado
en su mundo, el yo poético descubre que, paradójicamente,
el lugar mejor para la palabra está en los intersticios.
En Isadora parece
no haber lugar para las salidas fáciles. El fondo
de los espejos, que suele funcionar en las letras como
trampa, aquí “no es un recurso válido”;
como no lo es el de las puertas abiertas, ni el respiro
profundo. El hombre amado puede ser sujeto de contemplación
(“hombre de personaje intenso,/ hombre real,//
templo de palabra muerte”). Como cuando se encuentra
desvalido, es sujeto de ternura (“un día
le hallé hablando con sus manos/ solo/ desnudo”).
Los movimientos
son de cuidado, porque cuando se dan en falso, “son
inveteradas rutinas”. Asimismo, el momento circular
se abre en abanico a las aspas de “morir o engullir”.
Surge la pregunta del porqué de la muerte, de
las muertes (tácitas, completas, semiinconscientes,
perennes, las que quedan”).
EPÍLOGO(S)
Las voces
en italiano repartidas y salpicadas en el libro hacen
que haya ecos de comunicación entre elementos
de distinta índole (ganando evanescencia y poder
de sugestión en las asperezas que se logran eslabonando
las lenguas). El oxímoron cuerpo nada nos
enfrenta a los esfuerzos por constatar los límites
entre el todo y el vacío. El silencio se anuncia
(“Todo final tiene pájaros entre las aspas
del ventilador”) y cuando se emplaza (“Todo
está frío y rígido ahora”)
se instala a la vez entre la infinitud y finitud de los
seres. La invocación (al vacío, a la nada,
al silencio) es el vértigo ante el abismo. Quizá la
conciencia de la finitud es un paso hacia un saber que
se construye paso a paso.
El recorrido
que el lector hará cuando lea Isadora no
es, en ningún caso, uno que deba enfrentar con
disposición neutra. Pues, aunque sus iniciales
pasos sean de búsqueda de certezas, pronto caerá en
la cuenta de que el quid de la palabra lírica
no en éstas sino en aquellas. Por tanto, este
poemario nos impele a acompañar a Rocío
Soria en su misión de seleccionar y recoger los
materiales aprovechables entre los escombros que la modernidad
ha dejado a su paso en nuestros espíritus y en nuestros
cuerpos. Somos, con la voz que lo impulsa, tropa
de cazadores que corre el monte para hallar o levantar
el sentido. Es
nuestro trabajo desde ahora.
Luis
Carlos Mussó
Guayaquil, febrero
de 2010